viernes, 3 de enero de 2014

Duelos

En su libro La ridícula idea de no volver a verte, Rosa Montero cuenta sobre Marie Curie y su fallecido esposo, Pierre: ''Sacó del armario un gran bulto envuelto en papel impermeable: era el gurruño de las ropas de Pierre con coágulos de sangre y grumos de cerebro pegoteados. Había guardado secretamente esa porquería junto a ella’’.

En una entrevista, la escritora Esther Cross describe algo parecido sobre Mary Shelley: ''conservó el corazón de Percy como reliquia, lo cargaba con ella en todos sus viajes y pidió que la enterrasen con él''.

Leo estas historias casi por la misma fecha y no puedo más que pensar en el sufrimiento indecible al que algunas personas, a veces, eligen aferrarse.

La que lava

  Quien lava los platos, dicen, es quien planea el asesinato. Limpiar un cuchillo filoso es una sensación poderosa. Las copas se lavan con d...